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Primeros pasos

¿Cómo saber si necesito ir al psicólogo?

No hay un umbral objetivo que separe a quien necesita terapia de quien no. Sí hay señales que conviene mirar, una pregunta que ayuda a decidirlo y una forma de entender lo que te pasa que no empieza por juzgarlo.

Una habitación clara y vacía, con una escalera de tijera de madera, una silla sola y una planta sobre suelo de madera.

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Alba Orgaz Lendínez

Psicóloga General Sanitaria

Nº de colegiado M-37012

Casi nadie pide la primera cita el día que empieza a estar mal. Lo habitual es dejar pasar meses preguntándose si lo que le ocurre es «suficiente», si no estará exagerando, si no debería poder resolverlo por su cuenta. Esa espera tiene un coste, y suele ser el mismo: cuando por fin se pide ayuda, el malestar lleva tanto tiempo instalado que ya ha cambiado de forma y se ha extendido a sitios donde al principio no estaba.

Conviene decirlo pronto: no existe un umbral objetivo que separe a quien necesita terapia de quien no. No hay una cifra de días llorando ni una lista de síntomas que active un derecho. Y hay una razón de fondo para que no exista: lo que nos pasa no es solo un conjunto de síntomas. Es la forma en que nuestro sistema —pensamientos, emociones, cuerpo e historia— está intentando afrontar algo, y esa forma es distinta en cada persona.

La pregunta que sí sirve

¿Esto que me pasa está condicionando mi vida, y lo que hago para sobrellevarlo no está funcionando?

Las dos mitades importan. Muchas cosas nos hacen sufrir un tiempo y se resuelven con tiempo, con una conversación o con un cambio de circunstancias. Cuando además de doler interfiere —en el trabajo, en el estudio, en el sueño, en la forma de estar con la gente— y lo que has probado ya no te saca de ahí, la terapia deja de ser un lujo y pasa a ser una herramienta razonable.

Fíjate en que la pregunta no es «¿estoy lo bastante mal?». Es «¿estoy viviendo como quiero vivir, o estoy viviendo alrededor de lo que me pasa?».

Señales que conviene mirar de frente

Ninguna de estas es un diagnóstico. Son las cosas que, cuando aparecen y se quedan, suelen indicar que el malestar ya no se está resolviendo solo.

  • Duración. Llevas semanas o meses sintiéndote así y no hay una tendencia clara a mejorar.
  • Interferencia. Has dejado de hacer cosas que antes hacías: quedar, viajar, conducir, hablar en reuniones, dormir de un tirón.
  • Repetición. Reconoces el mismo patrón en relaciones distintas, en trabajos distintos, en épocas distintas de tu vida.
  • El cuerpo. Tensión, cansancio que no se va durmiendo, digestiones revueltas, dolores sin una causa médica encontrada. El cuerpo suele enterarse antes que nosotros.
  • Lo que haces para sostenerlo. Beber más, comer distinto, no parar nunca, revisar el móvil de forma compulsiva, evitar todo lo que te da miedo. Son intentos de regularte que funcionan un rato y cobran después.
  • Soledad con el asunto. No lo cuentas, o lo cuentas siempre a la misma persona y notas que la estás desgastando.

Lo que te pasa tiene un sentido, aunque todavía no lo veas

Una idea que cambia bastante la forma de mirar todo esto: casi nada de lo que nos hace sufrir es absurdo. La ansiedad protege de algo. El aislamiento evita un dolor que en algún momento fue real. La exigencia constante fue, quizá, la manera de ganarse un lugar. El enfado que aparece siempre en el mismo punto suele señalar una herida que nadie ha mirado todavía.

Esto no significa que haya que buscar un gran acontecimiento detrás de cada malestar. A veces lo hay y a veces no, y no hace falta encontrarlo para poder trabajarlo. Significa que la pregunta útil en consulta no es «¿qué tengo?», sino «¿qué está intentando hacer mi sistema con esto, y por qué le está costando tanto?».

Cuando se entiende eso, dejar de juzgarse por lo que a uno le pasa se vuelve más fácil. Y juzgarse menos suele ser, en sí mismo, parte del cambio.

Ir al psicólogo no significa estar enfermo

Es la confusión más frecuente y la que más cita retrasa. Una parte del trabajo en consulta no tiene nada que ver con un trastorno: entender por qué reaccionas siempre igual ante lo mismo, decidir si dejas una relación, encajar un duelo, sostener una etapa que se te ha puesto cuesta arriba, dejar de repetir algo que ya sabes que no te sirve.

También se puede empezar un proceso sin que haya una crisis. Querer comprenderte mejor, cambiar determinados patrones o sentirte de otra manera contigo mismo es motivo suficiente, y es un motivo que se trabaja igual de bien que cualquier otro.

Tres razones para no ir que no se sostienen

«Otros lo están pasando peor.» Es verdad, y no cambia nada. El sufrimiento no es una cola en la que haya que esperar turno, y compararse hacia abajo es una forma bastante eficaz de no pedir ayuda nunca.

«Debería poder solo.» Poder no es la cuestión. Nadie se plantea si «debería poder» arreglarse una muela. Con lo psicológico la exigencia aparece porque parece que se trata de carácter, y casi nunca se trata de carácter: se trata de cómo aprendió tu sistema a afrontar las cosas, y eso se puede revisar.

«Se me pasará.» Puede pasarse, y a veces pasa. El problema es cuando llevas dos años diciéndotelo, y mientras tanto tu vida se ha ido haciendo un poco más pequeña cada mes.

¿Y si voy y resulta que no lo necesito?

Entonces te lo dirán. Una primera consulta sirve exactamente para eso: contar qué te pasa, poner sobre la mesa cómo está influyendo en tu vida y decidir juntos si hay algo que trabajar, cómo y durante cuánto tiempo. Salir de ahí con un «esto se resuelve en pocas sesiones» o con un «esto no es terapia, es otra cosa» también es información útil, y no la tenías al entrar.

Y si hay algo que trabajar, no habrá un método idéntico para todo el mundo. Desde una psicoterapia integradora se intenta comprender a la persona en su conjunto —qué piensa, qué siente, qué le pasa en el cuerpo, qué situaciones lo activan y qué historia hay detrás— y elegir a partir de ahí la intervención que tenga sentido para ella y para ese momento: trabajo cognitivo-conductual, trabajo emocional y corporal, ACT, EMDR o modelos orientados al trauma y al apego, entre otros. No se trata de aplicar muchas técnicas. Se trata de entender qué está manteniendo el problema y responder a eso.

Si te ayuda saber cómo es ese primer encuentro antes de pedirlo, lo contamos paso a paso en la primera consulta. Y si ya has decidido que sí, puedes escribirnos sin tener que explicar por escrito lo que te ocurre: eso lo hablamos con calma cuando nos veamos.

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